Por qué un progresista debería votar a Vox

Nadie puede negar ya que la irrupción de VOX en el panorama político español es incuestionable, llena de empuje y… ya veremos. No se le puede ignorar, lo que por fin han entendido todos demostrándolo hablando de él… aunque sea mal o precisamente por eso. Y que ha llegado para quedarse es otra certeza. Todos deben adoptar una posición y definirse, ante su presencia… también los “progres”.

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En la España del simplismo y la demagogia extrema, una pregunta cómo la que plantea este artículo podría parecer absurda. Los principales medios de comunicación y todos los partidos políticos del espectro político nacional y nacionalista ya han emitido su veredicto condenatorio sobre VOX: es un partido de extrema derecha y populista, ergo cualquier demócrata progresista debería huir de un partido a todas luces extremista.

Si se abandonan los estereotipos y se analiza en profundidad qué plantea VOX a sus potenciales votantes, uno puede plantearse si los votantes verdaderamente progresistas y carentes de prejuicios mediáticos deberían depositar su voto en favor de esta formación sin traicionar por ello sus convicciones progresistas.

En primer lugar, VOX es el único partido con un proyecto claro y meridiano de nación. Aun cuando la izquierda española siempre ha tenido ciertos repartos a la hora de plantear un proyecto nacional, la idea de nación política es un concepto netamente progresista, fundamentalmente jacobino, que postula la radical igualdad de todos los ciudadanos frente al poder. Este concepto tiene su acta de nacimiento en la célebre batalla de Valmy, cuando el primer ejercito verdaderamente nacional, el revolucionario francés, derrotó al ejercito contrarrevolucionario prusiano. Fue la primera batalla ganada en nombre de un ideal patrio y ciudadano y no en nombre de una dinastía regia.

La nación es considerada desde entonces la depositaria última de la legitimidad del poder político. Frente a la izquierda indefinida actual, que obedece a intereses ajenos a los de la propia ciudadanía, como pueden ser los de determinados lobbies transnacionales LGTBi o el globalismo de Georges Soros, la izquierda clásica siempre consideró que el Estado nación era la expresión más palmaria del ideal de la racionalidad ilustrada frente al despotismo y la arbitrariedad del ancien regimen.

La izquierda indefinida actual, como la caracteriza el filósofo Gustavo Bueno en su obra El Mito de la izquierda, considera al Estado nación un simple instrumento al servicio de la ideología neoliberal. Más aún, la izquierda española ha visto en la idea de un Estado nación español un molesto dique de contención para sus propósitos de instalar un régimen republicano de corte comunista, como el que se intentó fraguar en las postrimerías de la II república.

La nación española es la gran enemiga del mito fundante de la izquierda española: el de la II república. Una república que tuvo muy poco de republicana y progresista, más bien fue un intento frustrado de imposición totalitaria de ideas anarquistas, comunistas y antiespañolas a buena parte de la población de este país. Lamentablemente y a diferencia de lo que ha ocurrido en países como Francia o Alemania, la izquierda, salvo honrosas excepciones, se ha configurado como anti nacional. Se da la extraña paradoja de que nuestra izquierda reclama un Estado fuerte con el que afrontar una agenda muy intervencionista al mismo tiempo que niega la existencia de un sujeto político nacional que se exprese institucionalmente a través de ese Estado.

Frente a la ingenuidad de ciertos izquierdistas que no acaban de asumir la propia contradicción, sus aliados conyunturales, los nacionalismos periféricos, no dejan de ser residuos del viejo carlismo que postula el fraccionamiento del Estado y la reivindicación de los viejos fueros medievales, aun cuando esto suponga una merma para los pretendidos derechos de la clase trabajadora a la que dicen defender.

La mayoría de los caladeros electorales de esta izquierda indefinida y posmoderna, que ha hecho de la exaltación hiperbólica de la diversidad su bandera, se corresponden con un estrato socioeconómico adinerado que se puede permitir el lujo de vivir bajo un Estado nacional débil y fraccionado. Lamentablemente la mayoría de la clase trabajadora no tiene ese privilegio. La fiscalidad asfixiante que se padece en España, en buena medida para intentar apaciguar al insolidario y voraz nacionalismo periférico, empobrece cada vez más a esas capas de la población que pertenecen a la clase media baja, tradicional caladero de votos de la izquierda. Una clase baja que no puede apelar a las presuntas discriminaciones de grupos y lobbies a los que la izquierda indefinida concede multitud de prebendas y subvenciones que salen de los bolsillos de esa cada vez más vilipendiada clase media-baja. VOX es el único partido que ofrece una reforma del sistema tributario verdaderamente progresista en el sentido de acabar con esa voracidad tributaria que se ceba con las rentas medias y las PYME, verdaderas creadoras de empleo en España

Con la cuestión de la inmigración pasa un tanto de lo mismo. Precisamente una de las características que han hecho posible el florecimiento del llamado Estado de bienestar ha sido el de poder contar con un Estado nación fuerte y dotado de los suficientes recursos financieros con los que financiar una educación y sanidad públicas, que permiten a los sectores más desfavorecidos de la sociedad poder sortear situaciones difíciles y acceder a la promoción social que sólo una educación de calidad puede garantizar.

La inmigración descontrolada y la merma de la calidad del sistema educativo, que fomentan las pedagogías que inspiran las reformas educativas de la izquierda indefinida, perjudican especialmente a aquellos sectores de la población más necesitados de esos dos grandes pilares del Estado del bienestar que eran la educación y la sanidad públicas. VOX es el único partido que se compromete a garantizar que todos los españoles disfruten de la misma educación pública y de calidad, con independencia del lugar del territorio nacional donde se resida. Es además el único partido político verdaderamente comprometido con la defensa del idioma español como patrimonio cultural de todos los españoles.

Frente a este debilitamiento del Estado, la única fuerza política que ofrece un proyecto político claro de recuperación del Estado nación como instrumento al servicio de las capas de la población más desfavorecidas es VOX. El único partido que pone el dedo en la llaga de la irracionalidad de la distribución del poder político en España con un sistema autonómico tremendamente caro e ineficiente y que sobre todo consagra una desigualdad brutal entre los ciudadanos que viven en diversos puntos de la geografía nacional. No hay nada menos progresista que los diferentes niveles de cobertura sanitaria pública que ofrecen los 17 mini estados regionales. Algo que debería ser un verdadero escándalo para aquellos partidos, como el PSOE o Podemos, que tan hipócritamente insisten en la igualdad y que tanto contribuyen con sus políticas a hacer de España un país cada día más desigual e injusto.

Por último, hay que destacar que VOX es el único partido que se opone con rotundidad a esa agenda oculta que postula la ideología de género y que es un verdadero fraude intelectual y moral, que ha secuestrado el ideario político de buena parte de la izquierda mundial. La ideología de género es un disparate que lleva su hermenéutica de la sospecha hasta niveles disparatados, queriendo ver discriminaciones en cualquier manifestación social o cultural, y que busca en último término acabar con la familia como institución social básica. VOX se declara enemigo de esta forma de pensamiento totalitaria y propone una agenda detallada para acabar con todas aquellas medidas legislativas, empezando por la injusta ley Ley Orgánica 1/2004 de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género, que consagra una inaceptable desigualdad de los sexos ante la ley penal.

Por si lo anterior fuera poco, VOX es el único partido que habla un lenguaje inteligible y que se atreve a dirigirse al sujeto político clásico de la izquierda por su nombre: clase obrera. Palabra desterrada del vocabulario de la izquierda en favor de otra menos blanca, eurocéntrica y heteropatriarcal como es la de subalternidad.

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